06 julio 2013

Tom Sawyer nos enseña...

Estoy leyendo Las aventuras de Tom Sawyer. Sí, sí, todo un clásico de la literatura, del gran Mark Twain. No voy a descubriros nada, pero leed:

"Tom...había descubierto, sin darse cuenta, uno de los principios fundamentales de la humana conducta, a saber: que para hacer que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa, sólo es necesario hacerla difícil de conseguir."

En otro capítulo podemos descubrir los sentimientos que surgen entre Tom y Becky. No es tan larga la lectura ni largo el diálogo si se aprecia la literatura brillante. Mirad la dulzura e inocencia... De nada.



Di, Becky, ¿has estado alguna vez comprometida?

— ¿Qué es eso?

— Pues comprometida para casarse.

— No.

— ¿Te gustaría?

— Me parece que sí. No sé. ¿Qué viene a ser?

— ¿A ser? Pues es una cosa que no es como las demás. No tienes más que decir a un chico que no vas a querer a nadie más que a él, nunca, nunca; y entonces os besáis y ya está.

— ¿Besar? ¿Para qué besarse?

— Pues, ¿sabes?, es para... Bueno, siempre hacen eso.

— ¿Todos?

— Todos, cuando son novios. ¿Te acuerdas de lo que escribí en la pizarra?

— ...Sí.

— ¿Qué era?

— No lo quiero decir.

— ¿No quieres decirlo?

— Sí..., sí, pero otra vez.

— No, ahora.

— No, no..., mañana.

— Ahora, anda, Becky. Yo te lo diré al oído, muy callandito.

Becky vaciló, y Tom, tomando el silencio por asentimiento, la cogió por el talle y murmuró levemente la frase, con la boca pegada al oído de la niña. Y después añadió:

Ahora me lo dices tú al oído..., lo mismo que yo.

Ella se resistió un momento, y después dijo:

— Vuelve la cara para que no veas, y entonces lo haré. Pero no tienes que decírselo a nadie. ¿Se lo dirás, Tom? ¿De veras que no?

— No, de veras que no. Anda, Becky...

Él volvió la cara. Ella se inclinó tímidamente, hasta que su aliento agitó los rizos del muchacho, y murmuró: «Te amo».

Después huyó corriendo por entre bancos y pupitres, perseguida por Tom, y se refugió al fin en un rincón tapándose la cara con el delantalito blanco. Tom la cogió por el cuello.

— Ahora, Becky —le dijo, suplicante—, ya está todo hecho..., ya está todo menos lo del beso. No tengas miedo de eso..., no tiene nada de particular. Hazme el favor, Becky

Y la tiraba de las manos y del delantal.

Poco a poco fue ella cediendo y dejó caer las manos; la cara, toda encendida por la lucha, quedó al descubierto, y se sometió a la demanda. Tom besó los rojos labios y dijo:

Ya está todo acabado. Y ahora, después de esto, ya sabes: no tienes que ser nunca novia de nadie sino mía, y no tienes que casarte nunca con nadie más que conmigo. ¿Quieres?

— Sí; nunca seré novia de nadie ni me casaré más que contigo, y tú no te casarás tampoco más que conmigo.

— Por supuesto. Eso es parte de la cosa. Y siempre, cuando vengas a la escuela o al irte a casa, tengo yo que acompañarte cuando nadie nos vea; y yo te escojo a ti y tú me escoges a mí en todas las fiestas, porque así hay que hacer cuando se es novia.

— ¡Qué bien! No lo había oído nunca.

— Es la mar de divertido. Si supieras lo que Amy Lawrence y yo...

En los grandes ojos que le miraban vio Tom la torpeza cometida, y se detuvo, confuso.

— ¡Tom! ¡Yo no soy la primera que ha sido tu novia!

La muchachita empezó a llorar.

— No llores, Becky —dijo Tom—. Ella ya no me importa nada.

— Sí, sí te importa, Tom... Tú sabes que sí.

Tom trató de echarle un brazo en torno del cuello, pero ella lo rechazó y volvió la cara a la pared y siguió llorando. Hizo él otro intento, con persuasivas palabras, y ella volvió a rechazarlo. Entonces se le alborotó el orgullo, y dio media vuelta y salió de la escuela. Se quedó un rato por allí, agitado y nervioso, mirando de cuando en cuando a la puerta, con la esperanza de que Becky se arrepentiría y vendría a buscarlo. Pero no hubo tal cosa. Entonces comenzó a afligirse y a pensar que la culpa era suya. Mantuvo una recia lucha consigo mismo para decidirse a hacer nuevos avances, pero al fin reunió ánimos para la empresa y entró en la escuela.

Becky seguía aún en el rincón, vuelta de espaldas, sollozando, con la cara pegada a la pared. Tom sintió remordimientos. Fue hacia ella y se detuvo un momento sin saber qué hacer. Después dijo, vacilante:

— Becky, no me gusta nadie sino tú.

No hubo más respuestas que los sollozos.

— Becky —prosiguió implorante—, ¿no quieres responderme?

Más sollozos.

Tom sacó su más preciado tesoro, un boliche de latón procedente de un morillo de chimenea, y lo pasó en torno de la niña para que pudiera verlo.

— Becky —dijo—, hazme el favor de tomarlo.

Ella lo tiró contra el suelo. Entonces Tom salió de la escuela y echó a andar hacia las colinas, muy lejos, para no volver más a la escuela por aquel día. Becky empezó a barruntarlo. Corrió hacia la puerta: no se le veía por ninguna parte. Fue al patio de recreo: no estaba allí. Entonces gritó:

— ¡Tom! ¡Tom! ¡Vuelve!

Escuchó anhelosamente, pero no hubo respuesta. No tenía otra compañía que la soledad y el silencio. Se sentó, pues, a llorar de nuevo y a reprocharse por su conducta, y ya para entonces los escolares empezaban a llegar, y tuvo que ocultar su pena y apaciguar su corazón y que echarse a cuestas la cruz de toda una larga tarde de tedio y desolación, sin nadie, entre los extraños que la rodeaban, en quien confiar sus pesares.


2 comentarios:

D. A. Castro dijo...

me ha hecho reír y pensar mucho tu entrada. de verdad que es un excelente libro,. La forma como presentas este fragmento, bueno, te hace leer sin la autoridad de un clásico y se disfruta mejor. gracias.

Israel Alvarez dijo...

Y por supuesto, este fragmento es profundamente amargo. Y ya saboreamos la amargura desde niños, como Tom y Becky.

Gracias!!